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Tahiti... la Nueva Citera

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 El mercado de Papeete: ¡inexcusable!

Con una superficie de casi 7000 m2, el mercado agrupa una zona reservada a la venta de flores y otra a las frutas y verduras. Alrededor de todo el perímetro exterior se instalan todos los comerciantes de tejidos y de pareos, así como los vendedores de coronas y de sombreros. En la entrada principal está el mercado de pescado y de carne. El primer piso está dedicado exclusivamente a la artesanía.

El mercado de Papeete  continúa siendo sin lugar a dudas uno de los últimos lugares donde se puede hallar la auténtica Polinesia. Aquí, se ha vivido desde siempre al ritmo de los años lánguidos, de los años en que el pueblo tahitiano se comenzó a abrir al mundo, orgullosos de sus costumbres, rico en su inigualable hospitalidad, y sencillamente feliz de vivir... Y aquí es a donde le invitamos para que pase medio día completamente distinto...

El mercado es el verdadero polo de atracción de la ciudad, con su alma única, y su historia. La animación es perpetua, y el ambiente está a tope todos los días desde las 4 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Este lugar con tanta vida, tan rico en colorido y en emociones, sigue siendo el centro histórico, cultural y social de Papeete. Todas las mañanas, la gran variedad de gente que da vida al mercado viene desde los distritos más lejanos de la isla. Aunque el mercado fue renovado hace unos diez años, la nueva arquitectura ha sabido conservar la atmósfera y el encanto de antaño, con sus puestos de gran colorido y abundantes tenderetes de artesanía. En sus más de 7000 m2, ofrece al visitante un abanico completo sobre la auténtica vida polinesia. Aquí están los verduleros y fruteros. Junto a los productos de la tierra (uru, ajes (o ñames) taro, batata, pota, raíces de jengibre fei, plátanos suculentos Hamoa, naranjas, piñas, limas, mangos, pomelos, y sandías) se encuentran atrayentes frutas típicas: guayabas, corosoles, granadas, carambolas, quenettes, rambutanes, tamarindos, y chirimoyas, ofrecen una diversidad extraordinaria de aromas nuevos y diferentes. Muchos de los productos son vendidos individualmente. LLeve consigo calderilla y billetes pequeños, mucho más apreciados por los vendedores que los cheques inciertos... Y respecto a las tarjetas de crédito, ni siquiera lo intente... ¡No olvide que estamos en el mercado!

Haga CLIC para ampliar.Un poco más lejos, los puestos de pescado: Atunes, bonitos, mahi mahi y peces-espada, parecen menospreciar a sus congéneres más pequeños: paihere, ature, iihi, vete, oiri, parai, tarao, moi, etc... Son tantas las variedades que sería inútil citarlas todas. El precio del pescado es expuesto todos los días según normas muy estrictas, pues dependiendo de las temporadas de pesca, éste puede oscilar desde muy poco hasta el doble. Los mejores momentos del día para comprar pescado son las horas del regreso de la pesca, es decir por la mañana temprano, o al atardecer, poco antes de cerrar. Los grandes ejemplares se exponen en caballetes metálicos. Los peces de la laguna son extendidos armoniosamente sobre grandes mesas. El colorido vivo de los peces papagayo (uhu, pahoro) y de los salmonetes (iihi) da al conjunto de los puestos una simpática nota de color. Descubra también los mariscos polinesios: langostas, quisquillas, camarones (quisquillas de agua dulce), cangrejos, y los menos conocidos como los vana, erizos de mar vendidos en pequeños tarros o los pahua, las famosas almejas gigantes. Los carniceros le harán descubrir el extraordinario cochinillo asado, con la piel curruscante, que forma parte del sumo de la tradición culinaria polinesia, ya apreciados y mencionados el las narraciones de los exploradores del siglo XVIII.

Al otro lado, hacia el Paseo Marítimo, está el paraíso de las flores : Tiaré Tahiti, taina, frangipaniers y otros pitate (jazmín local) se hacen notar. Este es el reino de los aromas. Si cerramos los ojos nos creeríamos en lo más profundo de un valle paradisíaco. Los opui rojo vivo, los hibiscos de tonos variados y las monettes de un amarillo resplandeciente, entre olorosos helechos (maire), se ponen en ramos maravillosos. El arte de los vendedores de flores consiste en hacer composiciones a cual más bella. No se pierda las orquídeas, cuyas variedades locales se cuentan entre las más escasas y más bellas del mundo.

Suba sin falta AL PRIMER PISO...
para descubrir los puestos de los artesanos que vienen de todas las islas para ofrecer sus abundantes maravillas: sombreros trenzados de las Australes, esculturas de las Marquesas en piedra o madera. Los tiki, estatuillas de los dioses ma'ohi están expuestos a la vista al lado de los tapa (dibujos tradicionales sobre corteza de árbol) decorados con gran fineza. Más allá, mazas (rompe cráneos) y lanzas hábilmente talladas que recuerdan un pasado guerrero... En el fondo de un puesto quizás tenga la suerte de encontrar un  pahu de ceremonia (grandes tambores) de las Islas Australes. también encontrará los peue, estas esteras de fibras vegetales (sobre todo de niau o pándano), que ponen de manifiesto la extraordinaria destreza de estas ancianas, expertas en cestería. A propósito de cestas, encontrará los o'hini, utilizados para guarda en casa la fruta y la verduras, los pau'a para transportar el taro o el uru, los taporo, para el pescado, y por supuesto cestas más clásicas de doble asa, para hacer los recados. No se pierda los maravillosos tifaifai, sorprendentes "patchworks" con dibujos oníricos o ingenuos, que inspiraron al pintor Matisse durante un viaje a Polinesia en los años 30, y por supuesto a Gauguin, que creó parte de su obra basándose en la sorprendente composición de colores de estas sobrecamas tradicionales. También encontrará los tapa, hábilmente pintados con motivos geométricos ancestrales, sin olvidar la serie de aceites de monoi.

El mercado todavía guarda muchos tesoros, pero usted ya se habrá apercibido de que el mayor de ellos es el contacto que se establece entre usted y el elemento humano que adorna el lugar. Aproveche a fondo este momento de descanso dejándose guiar por las sensaciones. No tenga prisa, y durante medio día abandónese a deambular.

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